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martes, 10 de marzo de 2015

El extraño caso de Karen McGraw. Capítulo IV

    





    Estaban llegando al lugar donde la habían encontrado. Tom llevaba a Laureen en su coche mientras que los dos agentes de policía los seguían de cerca. Tom le había estado contando a Laureen las extrañas circunstancias en las que habían encontrado a Karen.
    —Estaba irreconocible —había dicho Tom—. Apareció completamente desnuda, en medio de un campo de heno de algún granjero de las afueras. Llevaba no sé qué escrito en la espalda. Parecía confusa y desorientada. Ni siquiera me reconocía.
    Tom también le había dicho que intentó meterla en el coche y llevársela a casa, pero justo en ese momento aparecieron varios agentes de policía y se lo impidieron por todos los medios. Al parecer, según le habían dicho, Karen no se iría a ningún lugar, eran órdenes de arriba.
    Avanzaban por un camino sin asfaltar, lleno de baches, que conducía hacia las montañas. Por allí solo había campos de diferentes cultivos y de vez en cuando alguna vieja casa o granero. Tras un largo trecho por aquel tortuoso terreno, giraron hacia la derecha y divisaron a la muchedumbre unos metros más adelante.
    —Es aquí —dijo Tom, reduciendo la marcha del vehículo—. La tienen resguardada en uno de los co... ¡¿Qué demonios...?!

viernes, 27 de febrero de 2015

El extraño caso de Karen McGraw. Capítulo III







    Habían pasado casi nueve horas desde la desaparición de Karen. Lo primero que hizo Laureen fue llamar a todos sus conocidos, por si estaba con alguno de ellos. También les dijo que estuvieran alerta y que era altamente probable que la hubieran secuestrado. Después, llamó a su amiga Rosie, una madre soltera que conocía desde la adolescencia, quien la convenció para pasar la noche en su casa y llamar a la policía a primera hora de la mañana.
    —Le ha pasado algo, estoy segura.
    Laureen hablaba con los dos agentes de policía que se habían acercado a casa de Rosie tras atender su llamada. Eran la agente Sheyla Dunham, que tomaba nota de todo lo que Laureen le contaba, y Richard Stevens, un hombre joven y esbelto que se mantenía de pie, apoyado en la pared y escudriñando el exterior de la ventana. Mientras tanto, Rosie permanecía en la cocina dándole el desayuno a su hijo.
    —¿Qué estaba haciendo Karen McGraw cuando la vio por última vez? —La agente Dunham hablaba con un tono neutro y profesional.
    —Estábamos viendo la televisión en el cuarto. Sonó el teléfono y Karen fue a cogerlo. No fue una conversación excesivamente larga, pues volvió al poco tiempo —La agente Dunham, sentada frente a Laureen, tomaba apuntes a gran velocidad mientras asentía con la cabeza—. Y, no sé... Cuando volvió parecía preocupada por algo, no recuerdo lo que me dijo. Esa fue la última vez que la vi.
    —¿Se llevaban bien? ¿O discutían a menudo?
    —Nos llevamos perfectamente y no hemos discutido desde hace meses. Si piensa que ha huído de mí, descarte esa opción. Conozco a Karen y le aseguro que ella no es así. Karen no es una persona impulsiva y si tiene algún problema no es de las que se lo callan, es imposible que se haya ido por voluntad propia. Estoy segura de que la han secuestrado. Ya ha visto la sangre.
    —¿Sabe de alguien que pueda ser sospechoso? Quizá algún exnovio celoso o tal vez un cliente obsesionado con ella. Ha mencionado usted que su lugar de trabajo está lleno de hombres un tanto descarados.
    —Babosos. Ese es el térnimo exacto que he utilizado —Laureen empezaba a impacientarse—. Y no, no se me ocurre ningún posible sospechoso, pero comparto la idea de que haya podido ser alguien del Manson's. Es prácticamente al único sitio que va cuando sale sola de casa. No es posible que haya sido ningún exnovio porque yo soy la primera pareja estable que Karen ha tenido.
    El agente Stevens colocó una mano sobre la funda de su arma.
    —Alguien se acerca. Es un coche. Está entrando en la propiedad.
    Laureen se levantó despacio, conteniendo la respiración, y observó cautelosamente el exterior. Conocía aquel coche, pero no era el de Karen. Era el de Tom.
    —Es un amigo de Karen —dijo Laureen, emprendiendo el paso hacia la puerta—. Estará preocupado.
    —Recuerde, señorita Thompson —el agente Stevens le colocó una mano sobre el hombro para detenerla—: cualquier persona de su entorno es un potencial sospechoso. Nosotros no estaríamos aquí si los criminales no hubieran aprendido a esconderse.
    Laureen reflexionó unos instantes, luego dijo:
    —Lo tendré en cuenta. Gracias.
    Tom ya había aparcado el coche, se había bajado y llegaba corriendo al porche cuando Laureen abrió la puerta.
    —¡Te he estado llamando! —dijo Tom, con tono alterado—. ¿Cómo se te ocurre no decirme dónde estabas? He ido a tu casa y no he visto tu moto, luego se me ocurrió que podías estar aquí.
    —Tranquilo, Tom. Estoy con la policía. ¿Qué ocurre?
    —La he encontrado.




martes, 24 de febrero de 2015

El extraño caso de Karen McGraw. Capítulo II



    



Sonó el teléfono.
    —¿Dígame?
    —¿Es usted Karen McGraw?
    —Sí.
    —¿Es suyo un Volvo, modelo 850 GLT de color blanco?
    —Así es, ¿por qué?
    —¿Está usted sola en este momento?
    —Perdone, ¿con quién hablo?
    No se oía nada.
    —¿Hola? —Karen insistió—. ¿Quién es usted?
    —Sí, perdone —el hombre carraspeó—. Mi nombre es Ron Marshall, de la gasolinera que está en frente del Manson's Coffee. La conozco porque una vez tuvo que mostrarme su DNI y tengo bastante buena memoria. El teléfono lo he buscado por una guía.
    A Karen le recorrió un escalofrío por la espalda.
    —Verá, señorita McGraw. Hoy he estado revisando unas grabaciones de las cámaras de seguridad de la gasolinera debido a una denuncia de malos tratos que ha tenido lugar la semana pasada. El caso es que la he visto a usted repostando gasolina uno de los días en los que estaba mi compañera en la tienda, y en el vídeo he podido ver claramente cómo un hombre introduce un objeto, algo parecido a un móvil, por la ventanilla de su coche.
    —¿Qué? ¿Cuándo ha sido eso?
    —La grabación es del martes a las 17:19 horas. Solo quería avisarle, pues el hombre parecía sospechoso. Desapareció tan pronto como llegó. ¿Podría ser algún amigo suyo?
    —No lo creo... —Karen titubeó—. En todo caso yo no he encontrado nada en el coche, ¿está seguro de que soy yo la del vídeo?
    —Completamente. Aquí mismo tengo la imagen en pausa. Rubia, con una cazadora de piel roja y unos vaqueros azules.

jueves, 19 de febrero de 2015

El extraño caso de Karen McGraw. Capítulo I.

    






    El trabajo había resultado ser más duro de lo normal aquel día. Karen acababa de llegar a casa realmente cansada, con el pelo despeinado y enredado y los brazos cansados de cargar con bandejas de cafés de un lado para otro durante horas. Nada más entrar, advirtió un delicioso olor a pescado y cebolla que recorría toda la casa. Su pareja se hallaba en la cocina y había tenido el detalle de preparar la cena para ella, algo que, por cierto, se le daba realmente bien.

    —Por la hora a la que llegas, imagino que ha sido un día duro, ¿verdad? —su novia Laureen removía con cuidado el contenido de una cazuela de la que salía vapor— ¿Cómo estás?


    —No puedo con mi alma —dijo Karen, dejándose caer en una silla—. Creo que me voy a dar una ducha antes de cenar, me siento asqueada.


    —Esto estará listo en cinco minutos.


    Karen se levantó y se dirigió a la ducha. Mientras tanto, Laureen hacía los últimos preparativos, ordenando los platos y cubiertos sobre la mesa con entusiasmo, tarareando por lo bajo alguna canción desconocida que probablemente había escuchado aquella tarde por la radio.


    De pronto sonó el teléfono. Laureen descolgó.


    —¿Sí?


    —¿Es usted Karen McGraw? —era la voz de un hombre.


    —No. Karen está ocupada, ahora no puede ponerse. ¿Le puedo ayudar en algo?
    El hombre colgó, dejando a Laureen durante unos segundos desconcertada, con el auricular en la mano, diciendo “¿Hola? ¿Está usted ahí?” repetidas veces sin obtener respuesta.


    «En fin... —pensó, mientras colgaba el teléfono—. Al menos podía haberse despedido».


viernes, 30 de enero de 2015

EL LAGO OLVIDADO. Capítulo VII. Llamamiento.

    






    Llevaban largo rato caminando, internándose cada vez más en el lóbrego bosque. Los siete animales formaban una hilera perfecta, sigilosos y ágiles iban esquivando ramas y arbustos dirigiéndose por una senda que parecían conocer a la perfección. Cynthia iba justo en el centro, con tres gatos delante y tres detrás, como si la estuvieran escoltando para que no se perdiera o para que no corriera ningún peligro. La vegetación era tan densa que no corría el aire ni se podía ver la luz de la Luna, pero eso no era ningún impedimento para ellos.

    Cynthia estaba atónita, sus compañeros nunca se habían comportado de tal forma. Normalmente parecían sus súbditos, era ella quien los llamaba para que la ayudaran en sus tareas nocturnas mientras que ellos obedecían sin rechistar. Pero ahora era diferente, ya no tenía influencia sobre ellos. Intentaba preguntarles a dónde la llevaban pero ellos no parecían escucharla. Seguían su camino, internándose en el bosque cada vez más frondoso y prácticamente inaccesible para cualquier otra forma de vida, sobretodo para los humanos. El primero de ellos, al que todos seguían, era más pequeño que los demás, y a Cynthia le transmitía algo especial e intenso, casi peligroso. No sabía qué pensar de todo aquello, pero algo le decía que continuara.

    De súbito, tras un larguísimo y lento trayecto, el bosque se terminó y un enorme claro se presentó ante ellos. Cynthia se detuvo y observó la situación. Estaba ante un lugar extremadamente extraño. En un radio alrededor de una gran roca de más de dos metros no crecía ni una sola planta, sin embargo la luz de la luna tampoco podía entrar allí, pues las copas de los árboles que había alrededor formaban una especie de tejado con sus gruesas ramas entrelazas sobre el claro y sobre sus cabezas. Su compañía empezó a colocarse, sin prisa y con gran disciplina, en torno a la gran roca central, tal como hacían cuando ella los llamaba desde la orilla del lago. Al comprender lo que pasaba, ella les imitó y se sentó en el lugar que le correspondía.

    Tras unos instantes de impaciencia, algo parecía ocurrir, por fin, en frente de ella. Cynthia podía llegar a vislumbrar unos pequeños destellos al otro lado de la roca, al mismo tiempo que unos poderosos susurros se clavaban en sus tímpanos, tan penetrantes como si proviniesen de su propia conciencia. El tiempo parecía detenerse y un estremecimiento le recorrió todo el cuerpo, desde la cabeza hasta los pies. Su pelaje incontrolablemente se erizó.
    —Calma, joven shareek —dijo alguien desde el otro lado de la roca—. Ya he terminado, estás a salvo.

    Era una voz femenina, grave y dulce al mismo tiempo, tan imponente como tierna. Cynthia, casi en contra de su voluntad, se tranquilizó ligeramente y su pelaje volvió a su estado normal.
    La mujer misteriosa se mostró ante ella. Era indudablemente hermosa y extraña al mismo tiempo. No se parecía a ninguna persona que Cynthia pudiera haber visto antes, incluso si hubiera vivido mil años. Aquella mujer tenía el pelo anaranjado y la piel tan blanca que casi brillaba. Vestía con una reluciente y extraña túnica blanca, la cual comenzaba en el cuello, justo debajo de su barbilla, y terminaba más allá de sus pies, arrastrándose por el suelo tras ella. Un estilizado encaje le cubría completamente desde las muñecas hasta el cuello. Sus ojos eran grandes y verdes, y sus pupilas no eran las habituales. Cynthia se sorprendió al ver que tenían forma de estrella de cuatro puntas. En la mano llevaba una flauta vieja y ennegrecida.

    Cynthia quiso preguntarle algo, quería saber quién era aquella mujer y por qué la había llamado, pero se había olvidado de que estaba transformada en un animal y no podía hablar, al menos no podía hacerlo de la forma en la que estaba habituada. Cuando tenía forma humana o animal, no le costaba comunicarse con sus compañeros felinos, no sabía exactamente cómo lo hacía, pero era algo innato en ella que le salía con relativa facilidad. Esta vez era diferente. Dentro del cuerpo de aquel gato le resultaba imposible comunicarse con su anfitriona. Se sintió impotente e indefensa. Por un momento pensó en volver a su forma humana, pero sin ninguna prenda a mano, aparecería irremediablemente desnuda, y se sentía demasiado pequeña e insegura delante de aquella poderosa mujer como para mostrarse tal como su madre la trajo al mundo. Sin embargo, fue la mujer la que, acercándose a ella a grandes y lentos pasos, prosiguió hablando.

    —Has venido a mí, has escuchado mi llamada —la mujer caminaba levantándose ligeramente la túnica para no tropezar—. Por ello te doy las gracias.
    Aquella voz era embriagadora. Cynthia pronto se dio cuenta. Las palabras quedaban suspendidas en el aire, en una especie de eco, como si fueran recuerdos que flotasen en su mente, en lugar de sonidos del exterior.

    —Háblame —la mujer se agachó con delicadeza ante la pequeña forma negra y peluda que era Cynthia. Los demás gatos permanecían en sus lugares, impasibles y tranquilos, contemplando la escena. La mujer posó una mano sobre Cynthia y la acarició. Era la primera vez que alguien la tocaba en forma animal. Poco a poco se tranquilizó. Las caricias eran cálidas y suaves y le proporcionaban una gran seguridad. Su miedo hacia aquella forma humana fue desapareciendo—, puedes hacerlo, aunque no lo creas, joven shareek. Simplemente háblame, piensa en algo que quieras preguntarme y sácalo de tu interior. Sé que tienes muchas preguntas. Para obtener respuestas, debes aprender a preguntar. No tengas miedo.

    Y Cynthia dejó de tener miedo, y habló.

    

— FINAL DE LA PRIMERA PARTE 




jueves, 15 de enero de 2015

EL LAGO OLVIDADO. Capítulo VI. Enfermedad.

    






    La familia Lange esperaba en el salón de su humilde casa mientras una curandera con la tez oscura como el carbón le atendía. La casa de la familia Lange tenía dos pisos. Arriba había tres habitaciones. Abajo estaba la cocina y un baño, y según entrabas por la puerta principal, había un gran espacio cuya función era al mismo tiempo la de una sala de estar, un comedor y un hall. Allí era donde la curandera intentaba bajarle la fiebre a Halder. Adam, su hermano mayor, acababa de llegar de la cocina y le entregaba un vaso de agua a su madre. Hugo, el siguiente en edad, se dejaba abrazar por Suni al lado del cuerpo de su hermano enfermo.

    Halder no había muerto, pero estaba sumido en un sueño profundo e imperturbable del que hasta el momento no había podido salir. Estaba tendido en el sofá, sobre una toalla. La mujer que le trataba le aplicaba pócimas, medicinas, perfumes con esencia de sus más poderosos elixires, pero todo era inútil. El cuarto seguía apestando a incienso y Halder Lange no mostraba un atisbo de vida más allá de su pausada y rítmica respiración.

    Le obligaré a descansar hasta que se recupere le decía el Señor Lange a su mujer para tranquilizarla, si hace falta le ataré a la cama.
    La Señora Lange había estado llorando durante gran parte del tiempo desde que los vecinos le llevaron a su hijo. Pero había pasado más de medio día desde entonces, y sin comer ni dormir el cansancio era notorio y no tenía fuerzas ni intención de volver a llorar o de moverse de allí hasta notar algún tipo de mejoría en Halder. Su marido estaba con ella, y su hijo Adam iba y venía con el semblante serio, cada vez más inquieto.

    Niña, acércate dijo la curandera, tras haber estado reflexionando unos segundos, dirigiéndose a Suni. Mantén este paño húmedo y frío sobre su frente. Ahora está dormido, y dormirá hasta el amanecer. Pero tiene mucha fiebre. Necesito algo más potente. Tengo que volver.
    La curandera se puso a recoger sus cosas a toda prisa.
    ¿A dónde va? No puede irse ahora la Señora Lange se levantó y avanzó hacia la curandera, iracunda e impotente. Nos dijo que lo trataría, ¡no puede irse ahora!
    Claro que puedo irme ahora la curandera miró fijamente a la madre de Halder a los ojos, como si la estuviera retando a que le contestara. De pronto, hablaba con un tono muchísimo más duro que mientras trataba a su hijo. Y claro que me iré. Necesito algo más potente para detener esta enfermedad, algo que pueda llegar más adentro. Su hijo se va a morir si no hago algo. Existe una línea que no debe sobrepasar, y si lo hace, será demasiado tarde. Su hijo está muy cerca de esa línea. Tengo que irme, y me iré ahora mismo, Señora. Volveré en cuanto me sea posible, si a usted le parece bien. Adiós.

    La familia Lange al completo se quedó sin habla. La curandera salió por la puerta con gesto enfadado. Nadie se atrevió a decir nada durante unos instantes. Se sentían impotentes. El primero en hablar fue Adam.
    Está bien. Yo me quedaré con él se acercó a su madre y le puso una mano en cada hombro. Madre, debes descansar o acabarás como él. Tú también, padre. Iros todos arriba y descansar. Lleváis demasiado tiempo respirando este aire cargado y necesitáis despejaros. Yo me ocuparé de Halder y luego lo harán Hugo y Suni. Dijo que volvería, confiemos en ella, no tiene fama de ser incompetente, al contrario. Iros a dormir y reponer fuerzas para mañana.
    La Señora Lange rompió a llorar y se abrazó a su hijo mayor. Todos parecían estar de acuerdo. Adam y su padre se miraron con complicidad y a continuación, el Señor Lange se llevó a su mujer de allí. Cuando sus padres y Hugo se hubieron ido, Adam reparó en su hermana. Suni no se había movido del sitio.

    ¿Suni? ¿Me has escuchado? dijo Adam con calma. Vamos, ve a dormir, yo cuidaré de él.
    Aún tengo fuerzas para quedarme, no te preocupes por mí. Me quedaré.
    Suni, escucha…
    ¡Que no! Adam, ya te he escuchado. ¡Escúchame tú a mí! Te estoy diciendo que no me pienso mover de aquí. No me voy a separar ni un segundo de él, me digas lo que me digas.
    Bien Adam suspiró. Haré algo para comer.

    Estaban más hambrientos de lo que creían. Adam trajo algo de queso y pan, y también un par de huevos cocidos para cada uno. También trajo leche caliente. Comieron y bebieron despacio y en silencio. Cuando terminaron. Adam recogió y lavó los platos y luego se puso a leer un libro para despejar la mente. Suni estaba sentada en el suelo, con la cabeza apoyada en el sofá en el que Halder estaba tendido. Adam se dio cuenta de que tiritaba ligeramente.

    Ya empieza a hacer frío, iré a por unas mantas dijo Adam. Suni asintió con la cabeza.
    Cuando Adam regresó al salón, observó, desde lo alto de la escalera, que Suni hablaba con un extraño que había llamado a la puerta. Era un hombre encapuchado que vestía completamente de negro. Adam vio como su hermana cogía algo que aquel hombre le entregaba. Pensó que podría ser alguien peligroso, a aquellas horas de la noche. Tiró las mantas al suelo y bajó sigilosamente por las escaleras, intentando prestar atención a lo que hablaban. Fue inútil. El hombre desapareció tan pronto como había llegado. Suni cerró la puerta y miró a Adam, desconcertada.

    ¿Quién era? ¿Qué te ha dicho? preguntó Adam.
    No lo sé Suni le mostró un sobre a su hermano, estaba algo sucio y arrugado. Me ha dicho que alguien nos envía un mensaje, le he preguntado pero no ha querido decirme nada más.
    Quizá se ha confundido de casa…
    Suni le señaló a su hermano una esquina del sobre donde se podía leer claramente “Lange”. Ambos se miraron extrañados. Adam abrió el sobre y juntos leyeron el mensaje. Se quedaron anonadados.
    Hay que aguantar hasta el amanecer dijo Adam, procurando tranquilizar a su hermana pequeña, seguramente volverá la curandera cuando menos nos lo esperemos y sabrá lo que hay que hacer. Esto significa que no piensa olvidarnos.

    Adam cogió las mantas de donde las había dejado y arropó a su hermana. Después le cambió el paño húmedo de la frente a su hermano, el cual no había experimentado ni la más mínima evolución desde que la curandera se hubiera ido horas antes. Se sentó en el sillón, sin dejar de pensar en el mensaje que aquel extraño hombre les había entregado en medio de la noche. Las horas pasaban lentas y pesadas, su hermana ya había sucumbido al sueño y por fin descansaba, respirando profundamente.

    Al fin llegó el amanecer. Los primeros rayos de sol del día luchaban por iluminar de nuevo el mundo. Algunos tímidos pájaros comenzaban a cantar afuera, en los árboles y en los tejados. De pronto, alguien llamó a la puerta. Adam estaba sentado en el suelo, apoyado sobre la puerta principal, así que los golpeteos le sobresaltaron. Abrió rápidamente, pensando que podría ser la curandera. No se equivocó. La mujer entró sin saludar ni pedir permiso, con el rostro cansado y a grandes zancadas.

    —¿Qué habéis hecho? la voz de la mujer era casi un susurro dirigido a nadie en concreto. Adam no comprendió la pregunta. De pronto se acordó de algo y miró a donde ella miraba, hacia el sofá.
    Suni se había despertado con la llegada de la curandera, cuando levantó la mirada, comenzó a gritar. Halder Lange ya no estaba tendido en aquel sofá, había desaparecido. Detrás de la puerta, al lado del lugar donde Adam se había quedado dormido, había un sobre algo sucio y arrugado con el siguiente mensaje:



«Está en peligro. Y vosotros también. Niña, mantén el paño frío y húmedo, que no le empeore la fiebre. Ni se os ocurra dejarlo solo. Todo depende de ello. Si lo hacéis las consecuencias podrían ser desastrosas. Para todos.»




viernes, 27 de junio de 2014

EL LAGO OLVIDADO. Capítulo V. Recuerdos.

    






    A la orilla del lago, sentada en la roca, Cynthia recordaba.
    «La noche siguiente a mi reencarnación en este cuerpo, una madre inocente murió, pero ya se ha hecho justicia. He matado a su verdugo, a su falso acusador. Ese borracho avaricioso de Riker, el mismo que convenció a todo un pueblo supersticioso para que la mataran y así conseguir apoderarse de su dudosa herencia. ¿Y qué le quedaba antes de morir? Todo ese dinero tirado en la bebida y en las casas de placer. Mi primera victima... se levantó y se metió en el agua hasta los tobillos, le gustaba sentir las diminutas olas chocar contra sus piernas. Te he perseguido hasta encontrarte y al fin he dado con el momento oportuno para cumplir con mi juramento. Mientras me quede un resquicio de vida, no permitiré que se cometa ningún juicio por brujería, sea el acusado culpable o no. No permitiré que vuelva a ocurrir lo que me hicieron a mí.»

    Cynthia se consideraba a sí misma una bruja. No sabía qué era exactamente una bruja, pero sabía que no era como los demás. No conocía a nadie más con su misma condición, lo cual muchas veces la hacía sentirse sola y desesperada. Lógicamente no podía contarle nada a nadie o la condenarían, como a las demás. Hubo un tiempo en el que tuvo una vida normal. Tenía 16 años cuando fue condenada a la hoguera. Alguien la delató, o probablemente la habrían visto transformarse, lo hacía mucho más a menudo que ahora y a veces no tomaba las suficientes precauciones. Su cuerpo ardió, pero su espíritu consiguió huir y resguardarse en el cuerpo de otra mujer recién fallecida, no muy lejos de allí. No supo cómo lo hizo, simplemente lo hizo. Lo último que recuerda es ver su propio cuerpo inerte desde fuera de él. Unas gigantes llamas lo rodeaban, pero ella se alejaba de allí, hacia arriba, hasta que la hoguera no fue más que un pequeño punto de luz parpadeante en el suelo.

    Todos los recuerdos de su primera vida habían desaparecido. Todos excepto su amor y su muerte. No recordaba los rostros de sus conocidos, pero sabía que había tenido alguien a quien amaba, y con quien había sido feliz durante un corto período de tiempo. A veces forzaba a su mente a recordar durante horas, hasta que le dolía la cabeza, pero aún así solo conseguía ver sombras y deformidades. Nunca consiguió reconocer ni su propio rostro. Ahora estaba viva, sí, pero dentro del cuerpo de otra mujer, de otra niña. Y aunque se encontrara con su amante y se lo dijera, este como mínimo la tomaría por loca. Tampoco le habló nunca de su extraña condición en su anterior vida, ni siquiera a él. Tenía demasiado miedo a que la rechazara y pensó que no era importante contárselo. Tal vez si se lo hubiera contado y él la hubiera creído, ahora sería mucho más fácil encontrarle y estar con él, aunque fuera con otro cuerpo.

    Ella nunca enfermaba, y tampoco dormía. Casi todas las noches acudía a su lugar secreto a la orilla del lago, lejos de cualquier rastro de civilización, y se dedicaba a recordar, o al menos a intentarlo. Su único anhelo era recordar algo, recordarle a él. Era un hombre joven, un hombre de mar, viajaba mucho y podían pasar semanas sin verse. Pero siempre volvía, siempre. Cada vez que iba a verla le llevaba un regalo: un animal tallado en madera por él durante sus viajes, un cuadro que había comprado, semillas de las flores más extrañas y bonitas que había encontrado en los puertos que visitaba para que las plantara en su jardín...

    Mientras estaba en el pueblo, se pasaban los días enteros paseando y hablando. Era un amor silencioso, innombrable. Nunca fueron más allá de los besos y algunos gestos de cariño, nunca hablaron de lo que sentían. Simplemente se miraban y disfrutaban de la vida. Esa maravillosa y larga vida que tenían por delante. Siempre riendo, siempre riendo juntos.
Ahora, todas las noches lloraba sin derramar ninguna lágrima. Lloraba de dolor, de rabia y de soledad. Cuanto más pasaban los días, más esfuerzo le costaba mantener una vida normal durante el día. Tal vez debería huir, vivir de tal manera que no le hiciera falta depender de nadie. Pero solo pensar en ello le provocaba más cansancio del que ya acumulaba.

    Salió del agua, todavía absorta en sus recuerdos. Al acercarse más a la roca vio pares de ojos que brillaban en la sombra. Esa noche no los llamó, pero los gatos acudieron.




jueves, 19 de junio de 2014

EL LAGO OLVIDADO. Capítulo IV. Llanto.

    






    Hace algún tiempo, en algún pueblo lejano, una joven llamada Claudia agonizaba en la cama de un curandero. La enfermedad la devoraba y disminuía la temperatura de su cuerpo. Su madre lloraba, la vida de su única hija se esfumaba como el humo de un hogar recién apagado: lenta e inexorablemente.

    Su entierro fue igualmente triste y fugaz. Solo acudieron su madre y algunos pocos amigos de la muchacha. Su cuerpo se balanceaba mientras unos hombres lo introducían en el profundo hoyo. El sacerdote rezó, la madre lloró, y la lluvia comenzó.

    A la mañana siguiente la despertaron los gritos. Fue todo muy rápido y desconcertante, como una pesadilla en la que su cuerpo no respondía a su voluntad. Notó unas poderosas manos desconocidas sacándola de la cama y sacudiéndola con fuerza. La sacaron de su casa a rastras. Alcanzaba a entender algunas palabras de la multitud enfadada. "¡Asesina! ¡Puta del demonio!", le gritaban. Pesadas piedras del tamaño de un puño la golpeaban en todo el cuerpo, haciéndole brotar la sangre y rompiéndole los huesos. En su pésimo estado mental no conseguía recobrar las fuerzas para defenderse, para preguntar, para gritar. Solo escuchaba un zumbido grotesco de insultos hacia ella, y sentía como si los largos dedos de una garra invisible rodearan su garganta. Veía cómo su cuerpo era arrastrado, semidesnudo, hacia las afueras del pueblo.

    "¡Arderás en la hoguera! ¡Bruja! ¡Bruja!". Volvió a la realidad, al presente. Estaba atada en una enorme cruz en medio del bosque, con magulladuras en todo el cuerpo. La boca le sabía a sangre y tenía las muñecas en carne viva, no sentía las manos. Le costaba recordar cómo había llegado hasta allí. El dolor por su hija la había consumido, el pueblo se encargó de quitarle las pocas ganas que le quedaban por vivir. Sonrió.

    «Ya voy, mi niña. Pronto estaré contigo de nuevo...»
Todo se volvió de un color anaranjado y sombrío, y se consumió hasta no ser más que polvo gris.


Impia tortorum longas hic turba furores
sanguina innocui, nao satiata, aluit.
 Sospite nunc patria, fracto nunc funeris antro,
mors ubi dira fuit vita salusque patent.


(Una turba de impíos torturadores, insaciables de sangre inocente, alimentaron aquí su desaforado frenesí. Ahora, nuestra tierra está a salvo, el siniestro antro destruido, y donde una vez fue la muerte más atroz, se extiende la vida y el bienestar.)




martes, 10 de junio de 2014

EL LAGO OLVIDADO. Capítulo III. Renacer.

     






    Al momento todas las miradas se dirigieron hacia él y el populacho enmudeció. Pero solo un instante antes de que los gritos, las maldiciones y los rezos abarrotaran la plaza. Cynthia estaba entre la multitud. Había observado desde el otro lado del círculo de gente cómo aquel joven se había desvanecido repentinamente.

    «¿Qué le habrá pasado? una idea se le pasó por la cabeza, tan fugaz como un relámpago. ¿Habrá sido una casualidad o...?» Ignoró sus pensamientos por el momento y se marchó de la plaza, no sin antes girar la cabeza para echar una última mirada al muchacho.

    Regresó al orfanato donde vivía y trabajaba. Una preciosa pero desgastada verja negra de dos metros rodeaba el edificio, dejando solo un pequeño jardín donde crecían algunas coloridas flores. Hoy era su único día de descanso de la semana, cualquier otro día se hubiera dirigido a las cocinas a charlar con su amiga y cocinera la anciana Señora Joy, pero esta vez se dirigió a su cuarto. La cama estaba hecha y por la ventana abierta entraba un tímido olor a césped. Abrió con llave su cómoda, donde guardaba sus cosas y tras revolverlo todo hasta llegar al fondo del mueble, agarró la tapa dura de un libro y lo sacó. Hacía tiempo que no ojeaba aquel libro. Era completamente negro. Viejo y negro. No tenía título, ni en ningún rincón se podía ver el nombre del autor. Se sentó en la cama y lo abrió sobre sus rodillas. Algunas páginas contenían solo texto, otras símbolos, muchas estaban en blanco. No tenía capítulos ni estaba organizado de alguna forma aparentemente coherente. Era como un enorme diario de algún loco que se había dedicado toda su vida a escribir delirios y dibujar símbolos sin sentido. Pero no era así, aquel extraño lenguaje sí tenía sentido, ella lo sabía.

    Pasaba las páginas con delicadeza, buscando algo en concreto, pero no lo encontraba. De repente, algo se posó en el alféizar de la ventana. Un pequeño gato negro había saltado hasta ahí, pues no había mucha altura. Se sentó y se lamió una pata. Luego permaneció observándola.
    «Puede que este no sea el mejor momento ni el lugar para leer esto pensó, cualquiera podría estar mirando.» Cerró de golpe el gran libro y lo guardó en su sitio.
    Llamó al joven gato ofreciéndole las palmas de las manos, él dio un brinco hacia la cama y se enredó entre sus brazos. Recordaba a aquel pequeño. Fue lo primero que vio cuando nació...

    Era una noche lluviosa, la tierra estaba húmeda y blanda, lo cual había facilitado las cosas. Estaba enterrada viva. Todo estaba oscuro, le faltaba el aire. Notaba un gran peso sobre su cuerpo y escuchaba el sonido sordo de las gotas sobre la tierra, por encima de ella. También oía un agudo maullido. Se hizo paso con ansiedad entre la tierra mojada hasta llegar a él. Notó una ligera brisa en la cara, la brisa de la vida. Allí estaba su compañero. Sentado, mirándola y maullando hacia el cielo. Sonrió y salió de su tumba. Tenía el espeso pelo negro lleno de tierra mojada, lo cual hacía que le pesara un montón. Se sorprendió al ver el precioso vestido con el que habían enterrado a aquel cuerpo. Aunque manchado y roto por alguna parte, era de una belleza y una calidad innegables.

    Miró hacia el cielo, dejando que la gélida lluvia del invierno le empapara la cara y el cabello. Intentó recordar, pero era en vano. Imágenes distantes se colaban en su cerebro, y una rabia incontenible le subía por el estómago cuando recordaba la manera en la que había muerto. Observó el inhóspito lugar donde estaba. En el suelo había un velo, semienterrado en el agujero de donde ella había salido. Lo recogió y lo limpió con cariño. En la diadema que lo sujetaba vio una "C" cosida a ella con gran esmero.

    «No recuerdo casi nada de mi vida pensó mientras miraba aquel velo, no sé dónde estoy... Pero si sé que sufrí una muerte injusta. Cynthia será mi nombre en esta nueva vida, y no volveré a cometer los mismos errores que en la otra... lo juro.»

    El pequeño gato había dejado de maullar y jugueteaba entre las piernas de la joven.
    —Lo juro susurró mientras apretaba el velo en un puño.




jueves, 27 de marzo de 2014

EL LAGO OLVIDADO. Capítulo II. Condenado.

    






    —Ya estás aquí, ¿eh? saludó su padre al entrar en la herrería . Como sigas trabajando desde tan pronto todas las mañanas, en un mes tendré que comenzar a cavar tu tumba.

    Su hijo Halder levantó la cara para observarle mientras no paraba de golpear el yunque. Cuando su padre pasó de largo volvió a clavar la mirada en el arma que estaba forjando y siguió golpeando con el martillo, ignorando los punzantes dolores de cansancio que le recorrían los brazos. Aunque tenía la piel clara y el rostro delicado, tenía potentes extremidades y anchos hombros que le permitían trabajar durante horas. Las últimas noches no conseguía conciliar el sueño, solo daba vueltas sobre sí mismo en su lecho mientras se empapaba en sudor y el corazón se le aceleraba por momentos. El insomnio se había apoderado de él todas y cada una de las noches desde hacía más de un mes, y la llegada del verano no facilitaba las cosas. Lo único que deseaba cada noche era que llegara el amanecer, para salir hacia la herrería y trabajar hasta quedar exahusto y poder dormir hasta la hora del almuerzo.

    —Vamos, déjalo ya... —susurró la cálida voz de su padre a su espalda, había puesto una mano en su hombro, casi le costaba sostenerla—, vuelve a casa, deja un poco para tus hermanos.
    Halder detuvo su brazo, con el martillo todavía por encima de su cabeza. Miró alternativamente a su padre y a la entrada de la herrería, donde sus dos hermanos mayores y su hermana pequeña observaban la situación.
    —Tienes razón, padre. Es hora de descansar. —Tenía la voz ronca por la falta de sueño. Al fijarse en su hermana se dio cuenta de que llevaba más horas trabajando de lo habitual, pues ella nunca se pasaba por allí hasta el mediodía.
    «Necesito que esto termine, siento que no podré aguantar más así... Está decidido, si esto sigue así una semana más, iré a ver a algún curandero.»

    La familia Lange era relativamente nueva en el pueblo. Habían viajado desde muy lejos para llegar a aquel inhóspito lugar después de que el pánico se apoderara de la ciudad donde vivían. En los últimos tiempos la caza de brujas estaba cada vez más extendida, y cualquiera que hiciera algo incómodo para alguien con dinero estaba casi con toda seguridad condenado a la hoguera. Aquellas acusaciones y ejecuciones se llevaban más vidas inocentes que a gente verdaderamente peligrosa. Esa fue la razón por la que emigraron. En la ciudad habían estado viviendo durante generaciones, eran una familia acomodada que vivía sin causar problemas, como la mayoría. La decisión de transladarse de allí la tomaron por su propia supervivencia, como muchas otras familias, la semana en la que nada menos que cinco conocidos suyos fueron ejecutados por supuesta brujería. Ahora la vida era mucho más sencilla, por fin estaban en un sitio tranquilo y pequeño donde podían empezar de nuevo.

    Cuando Halder se hubo lavado las manos salió a la calle y se encontró a su hermana Suni agachada, de espaldas a él, acariciando a un enorme gato negro que estaba echado a la sombra, sobre las baldosas.
    «Cada vez son más grandes, me gustaría saber de dónde sacan la comida para crecer tanto...» Se quedó unos segundos como hipnotizado, observando la pacífica escena, siguiendo con la mirada la frágil mano de su hermana recorrer aquel oscuro pelaje. Al cabo de un rato ella lo vio y se levantó.
    —Venga Hal, te estaba esperando, vámonos a casa. —Su hermana era igual de alta que él, a pesar de su corta edad, y aunque no era especialmente bella, compartía el cabello rubio y el rostro delicado de su hermano y poseía esa belleza intrínsecamente oculta en sus femeninos gestos y su rostro alegre.

    Caminaron lentamente desde las afueras de la ciudad hasta la gran plaza principal, donde cada semana se instalaba un mercado de comerciantes y donde ambos vivían con su familia. Halder estaba demasiado cansado como para hablar así que se dedicó a escuchar a su hermana buena parte del camino. Ella iba agarrada de su brazo, caminando con pasos ágiles como una bailarina, él en cambio arrastraba los pies y tenía los ojos entrecerrados por culpa del sol. A su hermana le gustaba hablar. Le empezó a contar algunas cosas que había hecho aquella mañana, y también cosas que haría a la mañana siguiente. Él sabía que lo hacía para animarle y distraerle, así que no la interrumpió.

    Tanto Suni como el resto de la familia estaban preocupados por él. Desde que habían llegado a aquel lugar, hacía unas semanas, Halder no había podido conciliar el sueño ni una sola noche, y aunque seguía manteniéndose fuerte, cada día que pasaba era más reservado y distante. No se acostumbraba a aquella nueva casa, aunque le gustaba, y por nada del mundo hubiera querido volver a su antigua ciudad.

    El monólogo de Suni continuaba. Le estaba contando cómo había hecho una nueva amiga aquella mañana, mientras paseaba por el pueblo, cuando por fin llegaron a la plaza. Halder levantó la vista hacia un grupo de gente que se había conglomerado en torno a una de las viviendas cercanas.
    —¿Qué habrá pasado? —preguntó—.
    —Ah sí... Llevan horas así, parloteando y cotilleando —respondió Suni—, al parecer, el Señor Riker ha muerto esta noche. No saben si fue un accidente o un asesinato.

    Habían llegado a la puerta de su casa. Suni se soltó de su brazo y entró corriendo para avisar a su madre de que Halder había vuelto. Él se quedo observando a la gente, intentando entender algo de lo que decían. Casi sin darse cuenta se fue acercando hacia la multitud y abriéndose paso hacia el centro de la atención popular. Cuando llegó, el cadáver del Señor Riker ya no estaba allí, en su lugar había manchas de sangre por el suelo.

    También había una tabla, arrancada de alguna antigua mesa o de algún barril, estaba en el suelo, sin que nadie la tocara ni se acercara demasiado. Había algo escrito. Algo del color negro que tiene la sangre seca sobre la madera vieja. Halder intentó leerlo. Lo consiguió, y eso fue lo último que vio.




miércoles, 19 de marzo de 2014

EL LAGO OLVIDADO. Capítulo I. Praeludium.



   



— PRIMERA PARTE 


    Aquellas cristalinas aguas se mantenían en silencio, tal cual les ordenaba el viento, aunque mucho más arriba las nubes escapaban del bosque dejando al descubierto un cielo estrellado. Entre la maleza y los árboles se abrían camino unas pequeñas sombras, lentas y sigilosas como solo ellos podían serlo. Paso a paso se dirigían, bordeando el lago, hacia un pequeño claro rodeado de espesa vegetación al otro lado del agua. Era prácticamente imposible no perderse en aquella parte del bosque incluso de día, pero ellos se sabían el camino y su formidable y nítida visión en plena noche los convertía en sus perfectos súbditos. Ellos estaban respondiendo a su llamada, y ella esperaba su llegada.

    Bajo la luna creciente ella esperaba. Algunas pequeñas piedras en el suelo hacían que no creciera la maleza alrededor. Era como una pequeña, pequeñísima playa de piedras, con una gran roca en el centro, oculta en gran medida por la falda del vestido de seda de la mujer que descansaba, sentada, sobre ella. Inmóvil y firmemente erguida como una estatua, la mujer miraba hacia el lago, con la cara completamente iluminada por la luz de la luna. Tranquila y elegante como si fuera la protagonista de una pintura. En sus grandes ojos se veía reflejada la intensidad del astro, como si realmente fueran sus ojos los que estuvieran iluminando el lago. Solo llevaba encima aquel ligero vestido negro con encaje de rosas también negras y un velo sobre la cabeza, pero ella se encontraba completamente resguardada bajo su tacto, excepto las manos y los pies.

    Escuchaba con atención a la noche, cerró los ojos durante unos instantes para escuchar la canción del bosque y los volvió a abrir. Sus pequeños estaban llegando. No los escuchaba, ni los olfateaba, no tenía tan afinados sus sentidos, simplemente los percibía, los veía en la superficie del lago. Uno a uno, fueron saliendo de la maleza con sigilo, rodeándola y sentándose en el suelo a la misma distancia unos de otros, como si alguien a propósito los hubiera colocado allí mismo para adornar la estancia. Se movían con extremada gracilidad y armonía, con una coordinación más allá de lo normal. La mujer se levantó, se giró y los observó uno por uno. Una lúgubre y pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. Allí estaban sus seis caballeros de la noche, sus seis acompañantes sin nombre. Seis gatos negros levantaban la mirada hacía su rostro, como esperando un premio, un regalo por haberla obedecido.

    De espaldas a la luna y al lago, la mujer se destapó el velo de la cara y lo dejó caer al suelo, mientras que con unos suaves movimientos de cabeza se echó el pelo hacia atrás. Su espesa melena resbaló por su espalda y por sus hombros ahora al descubierto. Extendió los delgados brazos en cruz y dio inicio al ritual. Pequeñas convulsiones comenzaron a agitar sus extremidades. Miraba hacia arriba, hacia las ramas de los árboles, su voz infantil pronunciaba unos versos casi inaudibles en un idioma desconocido. De alguna forma aquellos versos eran increíblemente hermosos y atroces al mismo tiempo. Sus seis gatos negros no parecían mostrarse extrañados ante tal situación. Terminó de recitar su reclamo y tras unos segundos de efímera tranquilidad, abrió los ojos con tal fuerza que algunos de los gatos se sobresaltaron, aunque no se movieron del sitio. En esta ocasión todo el interior de sus ojos era también negro, negro como la noche, negro como su corazón...

    Segundos más tarde un vestido con encaje de rosas se ocultaba tras la sombra de una roca, y un grupo de gatos huía en fila de aquel lugar, pero esta vez no eran seis, sino siete.




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